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Me apena un poco expresarle mi problema, porque se trata de un conflicto puramente romántico. Hace más de veinte años conocí a un joven, a quien mis padres rechazaron como pretendiente mío. Casi me vi obligada a casarme con otro con el que tengo cinco hijos. Pero resulta que he vuelto a encontrar a aquel hombre de mi adolescencia, y él jura que su amor no ha cambiado. Yo le pregunto a usted, hermano Juan, ¿qué debo hacer en este caso?

El problema suyo es que aun después de veinte años, habiéndose casado con otro hombre y teniendo cinco hijos con él, no haya podido olvidar a su primer amor.

Estas aventuras románticas sólo se dan en las novelas, y las explota de manera tremenda el cine y la televisión. Pero cuando uno se siente envuelto en una trama de tal calibre, debe procurar la manera de escapar antes que la desgracia lo atrape. Usted tiene más de cuarenta años, y lo más seguro es que su incertidumbre no es por falta de amor a su verdadero esposo, sino al hecho de que usted es víctima de sus sentimientos juveniles, y ahora quiere volver a sus aventuras sólo por el incentivo de un cariño de ayer.

Quiero invitarle a comportarse formalmente, y más que todo a darse su lugar de mujer honrada. Porque a menos que usted quiera destruir su hogar, y vivir a merced de las aventuras, corriendo todos los riesgos, y exponiéndose aun a la muerte, creo que lo mejor es hacer un alto. Porque esos cinco hijos que usted tiene son parte de su alma. Y por esos cinco hijos usted tiene una enorme responsabilidad delante de Dios.

Estoy seguro de que su esposo la ama, y piense que no es justo pagar con la moneda de la inmoralidad un amor como el que le ofrece su marido. Pregunta usted ¿qué hace con el amor de sus primeros días? Yo le digo: abandone ya los laureles del ayer, y conságrese al presente, para que su futuro no sea inseguro. Busque a Dios, y sea fiel a su esposo.